
Como la vida misma... A partir de aquella ocasión en la que el siempre brillante Miguel Moragas solucionó un problema que yo encontraba complicado, decidí ponerme a pensar en la forma de diseñar y llevar a la práctica tareas de entrenamiento propias. Me parecía que recurrir a los libros de ejercicios con 1010 recetasidad particularmágicas era totalmente inespecífico. Creo que las ideas han de nacer de una necesidad particular, muchos estaréis de acuerdo. El problema, entonces, es ser capaz de crear un nuevo ejercicio que tenga influencia directa sobre el comportamiento motriz y táctico de los jugadores.
Hace 10 o 12 años un niño benjamín saltaba a pie cambiado en el momento de lanzar. El monitor le explicava que tenía que hacerlo al revés, utilizando la otra pierna para el último apoyo. El chico lo entendía, y lo intentaba una y otra vez. Pero la acción se volvía espontánea, lejos de un control totalmente consciente: su cuerpo no encontraba la necesidad de realizar un cambio en el patrón motor. La verbalización, herramienta que suele sobrevalorarse, no resultaba demasiado útil. Moragas, no sé si con la intención de dejarme boquiabierto, le quitó al pequeño jugador la zapatilla del pie derecho.
Voilà! El niño, que era diestro, empezó a saltar con el pie izquierdo. Su cerebro decidió que era muy incómodo realizar el último impulso antes del salto, el más potente, con el pie descalzo. De forma instantánea y automática, y sin ser necesario un proceso de adecuación prolongado en el tiempo, el joven balonmanista tenía el "problema" superado. ¡La hostia! En lugar de hablar y hablar sin parar, lo que tendríamos que haber hecho desde el principio era preparar unas condiciones en el entorno que en cierta manera "obligaran" al niño a realizar la acción en la forma deseada. Aquello era la chispa que encendía mi motivación, latente, para hacerme entrenador.
"Adáptese y aplíquese a cualquiera otra acción, técnica o táctica" parecía querer decir el prospecto de la medicina que Moragas ofrecía. Prácticamente se abría ante mí una nueva perspectiva. Cada ejercicio suponía un reto. El reto era crear un escenario, un contexto artificial i controlado, que guiara las acciones motrices hacia nuestras pretensiones. Primero de forma casi inconsciente, luego tomando consciencia, y por último ofreciendo alternativas válidas durante la ejecución para evitar construir una simple mecanización.
¡Muchas gracias, Miguel!
Hace 10 o 12 años un niño benjamín saltaba a pie cambiado en el momento de lanzar. El monitor le explicava que tenía que hacerlo al revés, utilizando la otra pierna para el último apoyo. El chico lo entendía, y lo intentaba una y otra vez. Pero la acción se volvía espontánea, lejos de un control totalmente consciente: su cuerpo no encontraba la necesidad de realizar un cambio en el patrón motor. La verbalización, herramienta que suele sobrevalorarse, no resultaba demasiado útil. Moragas, no sé si con la intención de dejarme boquiabierto, le quitó al pequeño jugador la zapatilla del pie derecho.
Voilà! El niño, que era diestro, empezó a saltar con el pie izquierdo. Su cerebro decidió que era muy incómodo realizar el último impulso antes del salto, el más potente, con el pie descalzo. De forma instantánea y automática, y sin ser necesario un proceso de adecuación prolongado en el tiempo, el joven balonmanista tenía el "problema" superado. ¡La hostia! En lugar de hablar y hablar sin parar, lo que tendríamos que haber hecho desde el principio era preparar unas condiciones en el entorno que en cierta manera "obligaran" al niño a realizar la acción en la forma deseada. Aquello era la chispa que encendía mi motivación, latente, para hacerme entrenador.
"Adáptese y aplíquese a cualquiera otra acción, técnica o táctica" parecía querer decir el prospecto de la medicina que Moragas ofrecía. Prácticamente se abría ante mí una nueva perspectiva. Cada ejercicio suponía un reto. El reto era crear un escenario, un contexto artificial i controlado, que guiara las acciones motrices hacia nuestras pretensiones. Primero de forma casi inconsciente, luego tomando consciencia, y por último ofreciendo alternativas válidas durante la ejecución para evitar construir una simple mecanización.
¡Muchas gracias, Miguel!
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